Aprender a amar la soledad.
NO necesito tener pareja para ser feliz y válida.
Por Ana Alvarez
Desde niños fuimos adiestrados
para vivir una vida en pareja; para que uno de los objetivos nodales de
nuestros deseos sea la búsqueda dinámica y constante de la tan anhelada “media
naranja”. Esta tendencia se basa en entender la existencia completa y plena a
través de una pareja, y no cualquier pareja. Surcamos mares realizando lo que
en negocios llamamos “cualificación de bases de datos”. Los clasificamos,
valoramos y le otorgamos una serie de puntuaciones dependiendo de los atributos
que más combinen con nuestra idea de perfección.
Cada persona tiene en sí mismo,
influenciado evidentemente por la cultura, los valores y el ambiente en donde
ha crecido, ideales y cualidades que busca en ese compañero de viaje. Para unos
lo importante es que sea una persona aparente, de buen porte y agraciada
físicamente. Incluso esto, es una variable gigantesca. En Europa, el prototipo
de mujer ideal, es una mujer
infinitamente delgada, sin pronunciadas curvas. Para mi sorpresa, tienen una
preferencia terrible por el color de piel caramelo, ese que se obtiene por
ejemplo, en las bellas playas del Caribe. También, estando en países árabes he
visto como se propala el gusto por mujeres de largas cabelleras negras, con
grandes curvaturas, etc. A lo que me refiero es que todo el mundo busca cosas
diferentes. ¡Y dicen que hay una persona para cada quien en el mundo! Esto no lo comparto.
Creo vehementemente que hay
personas que han nacido para ser libres. Para realizar sus viajes por el mundo
con ellas mismas; para no permanecer nunca inmóviles y desafiar toda inercia.
Hay personas que aunque a veces no lo admitan, quizás por presiones de la sociedad,
sienten mayor placer al estar solas. No me refiero a la soledad como término
estricto (estar sin personas a tu alrededor), sino que mi idea se declina en el
concepto de la no necesidad de un compañero sentimental, de cualquier
categoría; esa persona que supuestamente suma a tu vida y a tu persona, todo lo
que le hace falta.
Primeramente, me permito afirmar
que la anterior idea es una falacia de las mayores. Los seres humanos venimos
al mundo completos. Con mayores o menores virtudes, tenemos en nosotros la
fuerza interior para no necesitar o depender sentimentalmente de otro ser
humano. Cuando una situación de dependencia ocurre, se produce un fenómeno de
desamor propio, lo que conlleva a la pérdida de la esencia, a que se opaque
nuestra luz. Asimismo, cuando se intenta encerrar un espíritu nómada, el choque
produce que se mate la energía del alma. En el fondo, la persona sabrá dónde
está su felicidad y dónde no.
Posiblemente por todas estas doctrinas infundadas es que creemos que
necesitamos, que es imprescindible encontrar a ese alguien, que está allí
esperando cual príncipe azul y no asimilan la belleza que genera su soledad.
No es necesario estar acompañado
para disfrutar el viaje. No es necesario ir de la mano para tomar ciertos
riesgos. No es necesario dos copas de vino un viernes por la tarde. Ni cantar
las canciones a coro. No es imprescindible pasar la vida intentando dar con el
lienzo idóneo para tu pincel.
Celebro los que han encontrado
plenitud, amándose ellos mismos de tal manera que pueden darlo todo
exponencialmente. Celebro el amor loco pero tan sensato para entender que
forman parte de tu existencia pero no son toda tu existencia. Y aun más celebro
a todos aquellos que han tenido el coraje de dejar volar su locura en medio de
una soledad que no es amarga. Al contrario, es la expresión del mayor clímax de
quien la desea.


