viernes, 16 de octubre de 2015

Una fe inmensa.

Basado en: --Marcos 5:25-34.

-...Ya no sé qué más hacer, todo lo que tenía lo he gastado en doctores y mi afección en vez de mejorar se torna peor, cada día me siento más débil, puedo hacer menos cosas, es que ya no puedo cruzar el camino sin fatigarme al extremo de tener que descansar horas, hasta respirar me cuesta mucho. La ciencia ya no tiene respuestas convincentes a mi padecimiento, lo he probado todo. 

¿Qué es lo que haré? ¿Mirar como lentamente me consume y esperar fallecer? Tengo mucho miedo. Mi fin se acerca...

Así pensaba María tirada al borde del camino debido a la fatiga extrema que le había generado desplazarse a su última visita al doctor. Ya se había resignado a morir, aunque temía mucho a la cercanía del momento. 

-¡No puedo más, ya no puedo más! Se repetía a sí misma en su mente mientras se ahogaba entre sollozos. 

De repente divisa a la distancia una gran multitud, no entiende bien lo que sucede pero puede ver que es como una persona a la que siguen, intentan tocar y hablar en un aire de alegría y desesperación. 

Un jovencito que va alejándose de aquel mar de personas se le acerca. -¿Está usted bien señora? ¿Se hizo algún daño entre la multitud? -No pequeño. Responde. -Estoy muy cansada como para caminar, estoy enferma. -¿Enferma? Le pregunta como a modo de confirmar. -Entonces es su día de suerte porque ahí está Jesús, al él es que están siguiendo todas esas personas. 

Su corazón dio un salto dentro de ella.
¿Jesús?! ¿Será posible que el maestro esté aquí? He escuchado tanto de él, de sus milagros y de sus enseñanzas. Pero... ¿Cómo me acerco a él? Y... aún si lo logro ya estaría sin aliento y no pudiera hablarle y que me escuchara. Pero quiero ser sanada, y sé que él es el único que puede hacerlo. ¡Lo haré! Iré a alcanzarle.

Sofocada y con un gran esfuerzo comenzó a avanzar en pos de su milagro, era casi imposible avanzar entre aquella multitud que se movía y se apretujaba, le costaba tanto... ¡Pero no! Ella no se rendiría, buscaría la forma de llegar a él. 

Tanto esfuerzo por abrirse paso entre la gente había consumido su última gota de fuerza y ya desvanecía. Sus ojos ya se cerraban y ennegrecía su visión, pero no se detenía. 

-No sé si podré llegar, ya no puedo ni tener mis ojos abiertos, mis piernas no me responden, mis brazos desfallecen. Se decía en su mente mientras se arrastraba entre la multitud que no había notado su presencia. -Si tan sólo pudiera tocar el borde de su manto... Sé que sería liberada, su poder me sanaría con sólo tocar el borde de su vestido... Pensaba.

De pronto divisa las espaldas del maestro, su corazón es punzado por un puñal de esperanza mientras se estira en un último esfuezo por alcanzar la vestidura de Jesús... ¡Y lo logra!

Al instante siente un calor intenso moverse por todo su cuerpo y sus fuerzas recuperadas como árbol que reverdece en segundos. Se seca el flujo y sus signos vitales se normalizan rápido.

Y Jesús se detiene derrepente. Al ver la reacción del maestro la multitud se pertifica y el maestro pregunta. -¿Quién me ha tocado? Uno de sus discípulos le responde asombrado. -¡Señor, pero si la multitud es quien te aprieta y preguntas quién te ha tocado!

-¿Quién me ha tocado? Pregunta de nuevo y mientras la multitud ya comienza a hacele un espacio dice, -Sentí que poder salió de mí, por eso pregunto quién me tocó.

Aunque María seguía en cuclillas escondida entre los pies de las personas cercanas a Jesús, al escuchar esto se sintió desubierta y sintió un gran temor. Llorando y temblando de manera incontrolable se lanzó a los pies del Maestro y gritó. -¡Señor yo fui quien te tocó, fui yo Señor! Yacía moribunda y cruzaste por mi camino y supe que si podía tocarte sería sanada. ¡Perdóname, ten piedad de mí Maestro!

Y él, levantándola delicadamente del suelo, con voz sosegada y amorosa le dijo: -Ve en paz, porque tu fe te ha hecho salva.

***

Ese fue el único instante en el que la biblia registra la vida de esta mujer, pero qué momento. ¡Uff! Sólo podemos imaginar su estado de salud crítico y el esfuerzo que tuvo que hacer para llegar a Jesús, pero lo logró y fue salva.

Esta mujer es el ejemplo perfecto de fe, esa fe que todos necesitamos, la fe de que Dios obrará para nuestro bienestar y sin importar nuestra condición cambiará los resultados a nuestro favor. La fe de que en Dios está nuestra salvación.

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