jueves, 31 de julio de 2014

Aprender a amar la soledad.

Aprender a amar la soledad.
NO necesito tener pareja para ser feliz y válida.
Por Ana Alvarez

Desde niños fuimos adiestrados para vivir una vida en pareja; para que uno de los objetivos nodales de nuestros deseos sea la búsqueda dinámica y constante de la tan anhelada “media naranja”. Esta tendencia se basa en entender la existencia completa y plena a través de una pareja, y no cualquier pareja. Surcamos mares realizando lo que en negocios llamamos “cualificación de bases de datos”. Los clasificamos, valoramos y le otorgamos una serie de puntuaciones dependiendo de los atributos que más combinen con nuestra idea de perfección.

Cada persona tiene en sí mismo, influenciado evidentemente por la cultura, los valores y el ambiente en donde ha crecido, ideales y cualidades que busca en ese compañero de viaje. Para unos lo importante es que sea una persona aparente, de buen porte y agraciada físicamente. Incluso esto, es una variable gigantesca. En Europa, el prototipo de  mujer ideal, es una mujer infinitamente delgada, sin pronunciadas curvas. Para mi sorpresa, tienen una preferencia terrible por el color de piel caramelo, ese que se obtiene por ejemplo, en las bellas playas del Caribe. También, estando en países árabes he visto como se propala el gusto por mujeres de largas cabelleras negras, con grandes curvaturas, etc. A lo que me refiero es que todo el mundo busca cosas diferentes. ¡Y dicen que hay una persona para cada quien en el mundo! Esto  no lo comparto.

Creo vehementemente que hay personas que han nacido para ser libres. Para realizar sus viajes por el mundo con ellas mismas; para no permanecer nunca inmóviles y desafiar toda inercia. Hay personas que aunque a veces no lo admitan, quizás por presiones de la sociedad, sienten mayor placer al estar solas. No me refiero a la soledad como término estricto (estar sin personas a tu alrededor), sino que mi idea se declina en el concepto de la no necesidad de un compañero sentimental, de cualquier categoría; esa persona que supuestamente suma a tu vida y a tu persona, todo lo que le hace falta.

Primeramente, me permito afirmar que la anterior idea es una falacia de las mayores. Los seres humanos venimos al mundo completos. Con mayores o menores virtudes, tenemos en nosotros la fuerza interior para no necesitar o depender sentimentalmente de otro ser humano. Cuando una situación de dependencia ocurre, se produce un fenómeno de desamor propio, lo que conlleva a la pérdida de la esencia, a que se opaque nuestra luz. Asimismo, cuando se intenta encerrar un espíritu nómada, el choque produce que se mate la energía del alma. En el fondo, la persona sabrá dónde está su felicidad  y dónde no. Posiblemente por todas estas doctrinas infundadas es que creemos que necesitamos, que es imprescindible encontrar a ese alguien, que está allí esperando cual príncipe azul y no asimilan la belleza que genera su soledad.

No es necesario estar acompañado para disfrutar el viaje. No es necesario ir de la mano para tomar ciertos riesgos. No es necesario dos copas de vino un viernes por la tarde. Ni cantar las canciones a coro. No es imprescindible pasar la vida intentando dar con el lienzo idóneo para tu pincel.

Celebro los que han encontrado plenitud, amándose ellos mismos de tal manera que pueden darlo todo exponencialmente. Celebro el amor loco pero tan sensato para entender que forman parte de tu existencia pero no son toda tu existencia. Y aun más celebro a todos aquellos que han tenido el coraje de dejar volar su locura en medio de una soledad que no es amarga. Al contrario, es la expresión del mayor clímax de quien la desea.

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