Aunque me sentía gratamente sorprendido de poder verlo, había algo que me causaba gran perturbación. Mientras conversaba conmigo e intercambiábamos abrazos y palmeos, noté que mi amigo ojeaba intensamente todo sobre mi apariencia. Lo que llevaba puesto; ropa, reloj, zapatos, incluso buscaba atentamente por otros accesorios que son comunes en este tiempo y que todos parecen cargar a mano, como el celular.
Y la cuestión es que por mucho que me agradaba verlo, en ese momento me sentí desnudo, ultrajado, sentía como se comparaba conmigo.
No soy una persona de apariencia prolija, soy más cercano a lo desaliñado, bohemio, artístico. Y un día pueden verme de punta en blaco, pero no es lo común en mi caso.
Desde un principio, en mis adentros, lo juzgué duramente por su acción tan invasiva. Empero, con un análisis más exhaustivo y una mente ya fría, comprendí que él únicamente ponía en práctica lo que la sociedad le había enseñado toda su vida.
Abrí los ojos de mi entendimiento y miré una sociedad materialista, una que compara los logros y poseciones de sus individuos y los pone en un ranking, les asigna una posición en la escala de bienestar y les dice cuán feliz deben ser en base a su puesto.
Bueno, ya es ampliamente sabido que el dinero y las poseciones no traen felicidad, si no ningún rico sufriera o se suicidara, y eso ya lo hemos visto, lamentablemente.
Vemos personas perder su vida trabajando de manera insesante para conseguir bienes que no pueden disfrutar al final. Acumulan para otros y pierden la oportunidad de disfrutar de lo que en realidad tiene valor.
Reeduquemos nuestras almas y mentes a entender que lo material no lo es todo, que compararnos es infructuoso pues siempre habrá alguien que tiene menos y alguien que tiene más, que lo que trae el bienestar, la felicidad y la plenitud es siempre intangible, que nuestra vida es una, que es hoy y ser agradecidos es el primer paso hacia la felicidad plena.
Disfrutar la vida que se nos ha dado es fundamental e imperativo.