viernes, 10 de junio de 2016

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.

Si tuviera que ser brutalmente honesto... lo que les cuento a continuación sería el resultado.

Hasta hace unos pocos años, mi mayor esfuerzo iba dedicado a tratar de que mi vida se mantuviera lo más estable posible. Eso implica que los grandes cambios eran combatidos y resistidos a toda costa.

Me gustaba (y creo que todavía me queda un poco) controlar todo lo que ocurría conmigo. Saber el resultado final, al inicio de algún suceso, era un síntoma de que todo estaba bajo el escrutinio y estricto control de mi cerebro lineal.

Como paréntesis (para explicar la cuadratura de mi cerebro) les cuento que de niño no me gustaban los dictados porque no era una opción para mí escribir feo y en los dictados es casi obligatorio... Así que, como no soy de rápida escritura, perdía información valiosa tratando de tener una escritura prolija. (Irónico... ¿no?)

Pero volviendo a lo que aquí nos atañe, en los últimos años había entendido que el estancamiento en el que había incurrido en ciertas áreas de mi vida era incorrecto. 

Así que me embarqué en el maravilloso proyecto de modificarme y reinventarme. Al principio los riesgos asumidos fueron pequeños como pasos de bebé, y con resultados gratificantes comencé a sentirme cómodo con las transformaciones y a tomar decisiones de reinvención mayores.

Eso hasta el año pasado, cuando tomé la hermosa iniciativa de asumir grandes cambios. Y para mi sorpresa, una sola decisión ha desencadenado una serie de eventos en los que ya no puedo tener control total del timón de lo que sucede.

Fuera de ser malo, ha sido un excelente año, el mejor hasta ahora... Pero así como ha sido hermoso, así también ha sido inquietante. 

Y en uno de esos momentos de incertidumbre y frío en el pecho, Dios me mostró el que, al día de hoy, es mi verso favorito de la biblia.

10 Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.
-Salmos 46:10 (versión Reina-Valera 1960)

Ahí, en ese instante, donde para mí el juego estaba trancado, sabiendo que ya no estaba bajo mi control el resultado, me encerré con Dios y olvidándome de lo importante, me concentré en lo indispensable (que es la intimidad con Él). Allí su voz me calmó con esas palabras, que luego supe que estaban escritas en la biblia. 

Y les cuento que, aunque sigo más allá de lo que puedo manejar por mí mismo, he visto la mano de Dios obrar a mi favor en la quietud. Y aunque a veces vuelvo a ver la tormenta alzarse y me inquieto, he aprendido dónde tengo que ir a refugiarme.

Si estás en alguna situación complicada, estresante o que por ti mismo no puedes manejar, ve a intimidad con Él y está quieto. Aprende a depender de Él en todo y verás su mano obrar a tu favor porque Él será exaltado en las naciones y enaltecido en la tierra.

5 Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos.
-Salmos 84:5 (versión Reina-Valera 1960)

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